William Pierce – Suicidio racial

William Luther Pierce

William Luther Pierce

Con el fin de año tan cerca parece un buen momento para hacer balance. Pero antes de hacer el balance del año pasado, miremos al siglo pasado. La característica sobresaliente del siglo XX fue el suicidio colectivo de la raza blanca. En 1900 dominábamos el mundo. Dominábamos políticamente, militarmente, culturalmente, económicamente, científicamente y de cualquier otra manera. Ninguna otra raza siquiera se acercaba. Dominábamos la India y África directamente, y China era en la práctica una colonia económica de Europa y América. El emperador chino permanecía en su trono mientras dejara a los blancos libertad de acción. Japón era la única nación no blanca de importancia con pretensiones de autonomía.

Teníamos armas superiores, fuerzas armadas superiores, comunicaciones superiores, superior transporte, superior agricultura e industria, superiores estándares de salud, de organización, superioridad en cada faceta de ciencia y tecnología. Teníamos las mejores univesidades – realmente, las únicas universidades que se merecían el nombre – los mejores ingenieros. Construíamos cosas que otras razas no podían ni imaginar. Explorábamos, conquistábamos, dominábamos.

Lo más importante de todo era nuestra superioridad moral. Y por favor, no malinterpreten mi uso de ese término. No quiero decir que fuéramos dóciles e inofensivos y que pusiéramos la otra mejilla. Quiero decir que estábamos orgullosos y llenos de confianza. Sabíamos quiénes éramos, y sabíamos que éramos de lejos mucho, mucho mejores que cualesquiera otros, y no estábamos en absoluto avergonzados por el hecho de que fuéramos mejores. Reconocíamos las diferencias raciales de la misma manera que reconocíamos que el Sol sube por el este, y no sentíamos la más ligera necesidad de disculparnos con nadie por eso. El igualitarismo era una enfermedad moral y mental que afligía sólo a unos pocos de nuestro pueblo, a pesar del criminal arrebato de insania igualitaria que fue la Revolución Francesa un siglo antes. Cualquier tipo de mestizaje racial era horrendo para nosotros. Mirábamos el mestizaje con el mismo asco y desaprobación que el bestialismo y la necrofilia. No lo tolerábamos. Y no aceptábamos ni confiábamos en los judíos. Esa era nuestra situación hace un siglo.

Sin embargo, teníamos algunos fallos: unos fallos muy graves. No estábamos vigilando. Estábamos tan confiados en nuestra superioridad que fallamos en atender los avisos de unos pocos de entre nosotros que estaban vigilantes. No prestamos atención cuando unos pocos nos avisaron:

“Hey, tendríamos que hacer algo con el problema racial. Tenemos nueve millones de no blancos en los Estados Unidos, según el censo de 1900, y en el futuro podrían convertirse en un progblema real para nosotros. Comencemos a librarnos de ellos ahora”.

Nosotros pensamos:

“Bueno, mientras se queden en su lado de la ciudad y se queden fuera de la vista, ¿cómo pueden ser un problema para nosotros? Además, son útiles para recolectar algodón y como jardineras, cocineras y limpidadoras”.

Y cuando unos pocos nos avisaron de los judíos tampoco prestamos atención. Unos pocos nos avisaron del daño que los judíos nos habían hecho en el pasado, y de su malevolencia, sobre su creciente riqueza, pero la mayoría de nosotros no tomamos los avisos en serio. Veíamos a los judíos como gente detestable y desagradable, y no les dejábamos entrar en nuestros clubs privados y nuestros mejores hoteles, pero no les considerábamos realmente peligrosos. Ni siquiera nos alarmamos cuando comenzaron a comprar nuestros periódicos y otros medios de propaganda.

Y la falta de vigilancia no fue nuestro único fallo. Estábamos también demasiado dispuestos a pelearnos entre nosotros. No veíamos a ninguna otra raza como una amenaza, así no sentíamos necesidad de suprimir nuestras rivalidades internas, envidias y odios para formar un frente sólido contra el mundo no blanco. Dejamos ulcerarse las viejas rivalidades entre los ingleses y los alemanes y entre los alemanes y los franceses, y entre los ingleses y los boers en Sudáfrica, y entre aquéllos de nosotros que hablaban idiomas germánicos y aquéllos de nosotros que hablaban lenguajes romances o eslavos. No observamos nuestros fallos, nuestras debilidades, pero otros lo hicieron.

La última mitad del siglo XIX vio no sólo el comienzo de la adquisición de nuestros medios de comunicación por los judíos, sino también la casi simultánea incubación de dos conspiraciones criminales de largo plazo diseñadas para explotar nuestras debilidades y volverlas contra nosotros. Esas dos conspiraciones eran el sionismo y el marxismo, el comunismo. Algunos judíos fueron con una, algunos con la otra, pero ambas fueron mortales para nosotros.

Los marxistas emitieron su Manifiesto Comunista hacia mediados del siglo XIX, pero pasaron otros 50 años antes de que fueran capaces de tener mucho impacto en el mundo gentil. En cuanto a los sionistas, también comenzaron a hacer propaganda y a organizarse hacia la mitad del siglo XIX y sólo comenzaron a hacerse notar al comienzo del siglo XX, cuando comenzaron a tener congresos sionistas internacionales y más o menos abiertamente ponían sus planes para fomentar guerras y revoluciones, de las cuales podían sacar provecho para promover intereses judíos.

Por ejemplo, en el congreso sionista de 1897, en Basilea, Suiza, el líder sionista Theodor Herzl, le dijo a sus socios judíos que estaban teniendo problemas en persuadir a los turcos, que en esa época controlaban Palestina, para obtener el control del país de ellos, pero que los líderes judíos tenían planes para manejar a los turcos. Y yo debería mencionar que el discurso de Herzl en el congreso sionista de 1897 había sido publicado en varios sitios, y cualquier investigador diligente podía conseguir una copia. Herzl dijo, y yo cito:

“Puede ser que Turquía nos rechace o sea incapaz de entendernos. Esto no nos desanimará. Buscaremos otros medios de conseguir nuestro objetivo. La cuestión de Oriente es ahora una cuestión actual. Más pronto o más tarde traerá un conflicto entre las naciones… La gran guerra europea debe venir. Con mi reloj en la mano espero este terrible momento. Después de que la gran guerra europea esté terminada se formará la conferencia de paz. Debemos estar preparados para ese momento”

Recuerde, Herzl estaba hablando sobre los planes de los judíos 17 años antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Pero los judíos estaban preparados para cuando el momento viniera. En 1916, con la guerra más o menos atascada, se acercaron a los líderes políticos británicos e hicieron un trato para meter a los Estados Unidos en la guerra en el bando de Gran Bretaña a cambio de la promesa británica de quitarle Palestina a Turquía y dársela a los judíos tras la guerra. El lado británico del trato fue hecho público en la así llamada Declaración de Balfour. Y los sionistas mantuvieron su parte del negocio trabajando a través de judíos cercanos al presidente demócrata de los Estados Unidos Woodrow Wilson. Wilson había ganado las elecciones en 1916 prometiendo a los votantes que mantendría a Estados Unidos fuera de la guerra europea. Pero en cuanto tomó posesión del cargo en 1917, comenzó a maquinar para meter al país en la guerra en el bando de Gran Bretaña, que, por supuesto, hizo dos meses después. Eso costó un par de millones de vidas gentiles adicionales, pero consiguió Palestina para los judíos – y también prolongó la guerra lo suficiente para que los judíos en Rusia derribaran al zar e iniciaran su revolución comunista.

Cuando dije que algunos judíos tomaron el camino marxista y algunos el sionista, no quise decir que todos los judíos fueran activos trabajadores en uno u otro de estos movimientos. La mayoría de judíos siguieron como acaparadores de dinero a tiempo total y proporcionaron propaganda y apoyo financiero para sus hermanos conspiradores, y continuaron comprando medios de comunicación y dispensando capital a los sionistas o los comunistas según se necesitara.

Y no esperaron a la Primera Guerra Mundial para eso. El primer baño de sangre gentil del último siglo en el cual echaron una mano fue la guerra Boer en Sudáfrica, entre británicos y boers. Esta cruel y criminal guerra, en la cual los capitalistas judíos estaban aliados con capitalistas británicos contra los granjeros franceses, alemanes y holandeses – los boers – puso los fundamentos para el control judío de mucha de la riqueza mineral de África.

En 1904 el especulador judío de Wall Street Jacob Schiff, planeando la conquista comunista de Rusia, ayudó a financiar el bando japonés en la guerra ruso-japonesa y usó su influencia para bloquear préstamos al gobierno del zar desde EE.UU. Este fue el mismo Jacob Schiff que poco más de una década después apoyó al movimiento judeo-bolchevique con una infusión de 25 millones de dólares para terminar el trabajo en Rusia: Esos son 25 millones de dólares del capitalista Wall Street para financiar la carnicería comunista de gentiles rusos. En 1917, 25 millones de dólares era mucho dinero; en cualquier caso compró suficientes bombas, balas y panfletos de propaganda comunista para que el trabajo quedara hecho.

Ahora, ninguna de esta actividad judía era realmente secreta. Los borregos no lo sabían, porque no estaba en los cómics ni en las películas. Pero los judíos ni siquiera estaban intentando mantener sus simpatías o sus actividades secretas, y los gentiles observadores continuaron emitiendo avisos a cualquiera que quisiera escuchar. Pero, como dije hace un momento, no estábamos vigilando. Los americanos blancos no creían que estuvieran en ningún peligro. Cosas como que el acuerdo de meter a EE.UU. en la Primera Guerra Mundial a cambio de la entrega de Palestina a los judíos era demasiado sutil para la mente americana.

Tras la guerra, el crimen en masa de ucranianos y rusos por comisarios judeo-bolcheviques posiblemente podría haber despertado a los americanos blancos excepto que para el americano blanco medio los rusos y los ucranianos no eran gente real: hablaban un idioma diferente y vestían diferente de nosotros. Y además, para entonces los judíos habían conseguido una muy buena garra en Hollywood y la industria de radiodifusión, y así el único lado de la historia que a la mayoría de americanos les permitían ver u oír era el lado judío.

Los europeos era más vigilantes que los americanos. Por un lado los europeos tenían mayores recuerdos: eran más conscientes de la larga historia judía de depredación y maquiavelismo que los americanos. Por otro lado, en Europa el peligro era mucho más cercano. Los partidos comunistas en varios países europeos además de en Rusia se habían aprovechado del caos del inicio de la guerra para agarrar el poder, y en unos pocos países – Hungría, por ejemplo – habían tenido éxito temporalmente. La gente observó la etnia de los comisarios y estaba horrorizada de su comportamiento hacia las poblaciones gentiles. Incluso en la Bretaña insular ni más ni menos que una figura pública como Winston Churchill habló claramente sobre el peligro del comunismo judío. En un artículo a página completa del 8 de febrero de 1920, del Illustrated Sunday Herald de Londres, Churchill escribió, y cito:

“Este movimiento entre los judíos no es nuevo. Desde los días de Spartacus-Weisshaupt a aquéllos de Karl Marx, y de Trotsky en Rusia, Bela Kun en Hungría, Rosa Luxembourgo en Alemania, y Emma Goldman en los Estados Unidos, esta conspiración mundial para el derribo de la civilización y la reconstitución de la sociedad basándose en el desarrollo detenido, de la malevolencia envidiosa, y de la igualdad imposible ha estado creciendo constantemente. Jugó… una parte definitivamente reconocible en la tragedia de la Revolución Francesa. Ha sido la causa principal de cada movimiento subversivo durante el siglo diecinueve; y ahora al final esta banda de extraordinarias personalidades del submundo de las grandes ciudades de Europa y América ha agarrado al pueblo ruso por el pelo de sus cabezas y se han convertido prácticamente en los dueños sin oposición de ese enorme imperio.

No hay necesidad de exagerar la parte jugada en la creación del bolchevismo y en la llegada real de la Revolución Rusa por estos judíos internacionales y en su mayor parte, ateos. Es ciertamente una muy grande; probablemente sobrepasa a todos los otros. Con la notable excepción de Lenin, la mayoría de las figuras líderes son judíos. Más aún, la principal inspiración y fuerza dirigente viene de líderes judíos. Así, Tchitcherin, un ruso puro, es eclipsado por su subordinado nominal Litvinoff, y la influencia de rusos como Bukharin o Lunacharski no puede ser comparada con el poder de Trotsky o Zinovieff… o de Krassin o Radek – todos judíos. En las instituciones soviéticas la predominancia de judíos es incluso más sorprendente. Y la prominente, si no desde luego principal, parte en el sistema de terrorismo aplicado por la Comisión Extraordinaria para Combatir la Contra-Revolución [la Cheka] ha sido tomada por judíos, y en algunos notables casos por judías. La misma preeminencia maligna fue obtenida por judíos en el breve periodo de terror durante el que Bela Kun dominó en Hungría. El mismo fenómeno se ha presentado en Alemania (especialmente en Baviera), tan lejos como que esta locura ha sido permitida apresar sobre la postración temporal del pueblo alemán. Aunque en todos estos países hay muchos no judíos en cada ápice tan malos como el peor de los revolucionarios judíos, la parte jugada por los últimos en proporción a su cantidad en la población es asombrosa”.

En realidad, Churchill dijo mucho más en este artículo sobre los peligros de permitir que el comunismo judío estuviera descontrolado, y si realmente quiere hacer un estudio de los antecedentes de nuestro lío actual usted debería leer por sí mismo el artículo entero. Es el ejemplar del 8 de febrero de 1920, del Illustrated Sunday Herald. Si no puede encontrarlo en una gran biblioteca de investigación, el artículo completo está escaneado en el libro The Best of Attack!y en el tabloide de National Vanguard, que está disponible de National Vanguard Books, el patrocinador de este programa. Y cuando usted encuentre el artículo del cual he leído esto – un importante artículo escrito por una de las más importantes personalidades del siglo pasado y publicado en un importante periódico británico – usted podría preguntarse a sí mismo porqué
usted nunca había oído hablar de ello antes de que yo se lo diera a conocer.

Como dije, nos faltó vigilancia. Una pocas personas prestaron atención – el pionero del automovilismo Henry Ford, por ejemplo – pero la mayoría de americanos blancos estaban demasiado ocupados con sus partidos de fútbol y sus cómics. Y realmente no nos importaba lo que los judíos estaban haciéndole a la gente blanca en el extranjero, pues no eran americanos. La única gente que realmente prestó atención fueron los alemanes, que decidieron no dejar a los judíos hacerles lo que les habían hecho a los rusos y lo que habían intentado hacer a los húngaros. Así ellos procedieron a expulsar a Rosa Luxemburgo y a sus compinches fuera de Alemania. Y cuando los alemanes hicieron eso, los judíos en América comenzaron a gritar criminales sangrientos y clamar por otra guerra mundial para salvarles de los alemanes. Y para entonces los judíos tenían ya casi un monopolio en mostrar su versión de los hechos al público americano.

Bien, nuestro pueblo tuvo otro fallo además del inadecuado sentido de solidaridad racial con otros blancos alrededor del mundo y de una falta de vigilancia: nos faltó también liderazgo responsable. Nos faltó incluso un sistema para darnos líderes responsables. Lo que teníamos eran políticos: Hábiles mentirosos – actores, abogados – que nunca se preguntaban a sí mismos,“¿Qué política es buena para nuestro pueblo?” sino solamente, “¿Cómo puedo ser elegido? ¿Qué debo prometer al pueblo para conseguir sus votos? ¿Qué política me hará popular?”. Y con la garra de los judíos en los medios de masas, en Hollywood y en Madison Avenue – y por lo tanto en las mentes del público – haciéndose más y más casi completa a través del siglo pasado, la cuestión que los políticos se preguntaban a sí mismo se iba convirtiendo cada vez más en:“¿Qué debo hacer para complacer a los judíos y ganar su apoyo?”.

Y así en 1933, en el mismo año que un gobierno alemán entró en el gobierno con una política de liberar al pueblo alemán de la garra de los judíos, en EE.UU. un gobierno entró con una política de hacer cualquier cosa que los judíos quisieran. Franklin Roosevelt se rodeó con más judíos que cualquier presidente yanqui anterior. En este aspecto fue el Bill Clinton de su época.

Usando a Roosevelt como su marioneta, los judíos emplearon el mismo tipo de truco para meternos en la Segunda Guerra Mundial que habían empleado usando a Woodrow Wilson para meternos en la anterior. Igual que había hecho Wilson 24 años antes, Roosevelt fue a la reelección en 1940 en una campaña prometiendo mantener a los Estados Unidos fuera de la guerra en Europa, y mientras hacía esta promesa al pueblo americano estaba activamente maquinando con sus consejeros judíos y patrocinadores para meter a Estados Unidos en la guerra tan pronto como pudo, y mientras tanto sostener la guerra en Europa haciendo promesas de apoyo a aquellos países opuestos a Alemania.

Fue luchar en el lado equivocado de esa guerra, más que ninguna otra cosa, lo que nos hundió. También destruyó el Imperio Británico y dejó hundida a Gran Bretaña. A través del mundo no blanco los blancos comenzaron a abdicar de su dominio, retirándose, disculpándose. La enfermedad del igualitarismo se difundió como el fuego. Fue un colapso moral por todo el mundo blanco. No fue sólo el pueblo alemán el que perdió la Segunda Guerra Mundial; fueron todos los europeos, toda la gente blanca, incluyendo los europeos-americanos.

Los judíos fueron los únicos ganadores reales de la guerra. La Primera Guerra Mundial resultó en la apertura de Palestina para su facción sionista y entregar Rusia a su facción comunista. La Segunda Guerra Mundial no sólo les salvó de Hitler, entregó toda Europa oriental y mucho de Europa central a su facción comunista y terminó de entregar Palestina a su facción sionista. La guerra les costó un millón o así de los judíos menos ágiles en Europa, pero les dió las bases para su enormemente rentable historia del “holocausto”, con la cual han martilleado al mundo blanco en la cabeza desde entonces.

Y así hoy tenemos a George Bush intentando superar a Bill Clinton en multiculturalizar el gobierno de los Estados Unidos. Los americanos conservadores, los americanos patriotas, ponen su esperanza en Bush para sacar a EE.UU. de la insanidad de la era Clinton, y la primera cosa que hace Bush es intentar caerle en gracia a los clintonistas, a los judíos, nombrando no blancos en los puestos más importantes en su administración.

Lea sus labios. Lo que él está diciendo es:

“Hey, realmente no soy un tipo malo. Estoy nombrando negros, estoy nombrando judíos, estoy nombrando mejicanos. Y los negros y mejicanos que estoy nombrando son tan projudíos como yo. Mi Secretaria de Estado de lenguaje pendenciero habla yiddish y apoyará los intereses judíos por todo el mundo tan fuertemente como el Secretario de Estado judío de Bill Clinton ha hecho. Podéis confiar en mí. Haré cualquier cosa que me digáis. Apoyaré a Israel. Apoyaré leyes de “crimen de expresión”. Soy vuestro hombre”.

Y él no está diciendo eso, él no está haciendo esos nombramientos porque sea lo que los republicanos quieren o incluso lo que los americanos quieren. Es lo que los judíos quieren. George Bush es un hombre de paja, un hombre vacío.

Y George Bush es un espléndido símbolo del estado de nuestra raza hoy: un símbolo espléndido de nuestro colapso moral durante el siglo pasado. Encaja completamente que tal hombre debería ser nuestro líder testaferro según continuamos en el camino del suicidio racial en el que hemos estado durante el siglo pasado. Es completamente adecuado que él se haya convertido en nuestro líder testaferro a través del tipo de proceso tragicómico que hemos atestiguado durante los últimos dos meses del primer año de este siglo – que ciertamente será nuestro último siglo si no hacemos un cambio radical por supuesto pronto y comenzamos a recuperar nuestra perdida fuerza moral.

Gracias por estar de nuevo conmigo hoy.


Artículo original: Programa de radio de American Dissident Voices del 23-12-2000.
Traducción: Qbitácora

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